La decisión de Islandia de reanudar la caza comercial de ballenas tras dos años de inactividad ha reavivado el debate internacional sobre la protección de estos gigantes marinos. El país vuelve a permitir esta práctica pese a las críticas de organizaciones ecologistas y científicas, que alertan sobre el impacto que puede tener en poblaciones de cetáceos ya consideradas vulnerables.
Actualmente, Islandia es uno de los tres únicos países del mundo que mantienen la caza comercial de ballenas, junto con Noruega y Japón, a pesar de que la moratoria internacional sobre esta actividad permanece vigente desde 1986.
Entre las especies afectadas se encuentra el rorcual común (Balaenoptera physalus), el segundo animal más grande del planeta, catalogado como «Vulnerable» por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Los expertos advierten de que, aunque algunas poblaciones de ballenas muestran signos de recuperación tras décadas de protección, muchas siguen enfrentándose a amenazas como el cambio climático, la contaminación marina, las colisiones con embarcaciones y la actividad pesquera, a las que ahora se suma nuevamente la caza comercial.
La temporada ballenera se reanuda después de dos años de parón. En 2024 la actividad quedó suspendida por retrasos administrativos y, en 2025, la propia industria decidió no salir al mar por motivos económicos. Sin embargo, este año los barcos han vuelto a operar, aunque el Instituto de Investigación Marina de Islandia recomendó reducir las cuotas de captura como medida de precaución ante la situación de algunas poblaciones.
La decisión ha provocado protestas de asociaciones defensoras de los animales, que denuncian el sufrimiento que experimentan las ballenas durante las capturas. Diversos informes veterinarios han señalado que, en algunos casos, los animales pueden tardar varios minutos e incluso más de una hora en morir tras ser alcanzados por los arpones, lo que mantiene abierto el debate sobre el bienestar animal.
Además del aspecto ético, las organizaciones conservacionistas recuerdan que el consumo de carne de ballena ha disminuido considerablemente en Islandia y que el avistamiento de cetáceos se ha convertido en una actividad turística de gran valor económico y ambiental. Por ello, numerosas entidades consideran que la protección de estos mamíferos marinos representa una alternativa mucho más sostenible que su explotación comercial.
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